Asesor internacional Luis “Gigio” Cariola
“Los genetistas nos entregaron variedades que nos salvaron la vida”
Un pionero del cultivo de la uva de mesa en Chile y Perú repasa su trayectoria y mira presente y futuro con optimismo. “La industria está prácticamente de pie, después de haber estado en el suelo. El mayor problema era la productividad y eso está genéticamente superado, por calidad y cantidad de fruta, calibre, peso, crocancia y sabores. Las variedades nuevas son realmente extraordinarias”.

Con 65 años (nació en 1959), Luis “Gigio” Cariola se mantiene activo en uva de mesa como asesor en Chile y Perú e, incluso, como productor. Desde hace 22 años distribuye su tiempo una semana al mes en Ica, Perú, y otras tres semanas en Chile asesorando también en nueces. Socio fundacional de Uvanova, su vínculo con la uva se remonta a sus orígenes.
Nacido y criado en la ciudad de Los Andes, zona ‘uvera’ por definición, estudió enseñanza básica y media en el Instituto Chacabuco de los Hermanos Maristas. Posteriormente, ingresó a estudiar Agronomía a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) en 1977, guiado por la cultura familiar. Su padre tenía una sociedad en Los Andes, con un campo de más de 200 hectáreas plantadas con una amplia variedad de cultivos: uva de mesa, nogales, almendros, durazno conservero, ciruelos y kiwi, entre otros. “Fue como mi segunda universidad”, apunta. Incluso, en ese campo se realizaban ensayos, con los profesores de la PUCV, mientras cursaba sus estudios superiores.
Después de egresar de la Católica de Valparaíso, en 1982, se desempeñó como ayudante en el ramo de Frutales de Hoja Caduca y a trabajar en el Laboratorio de Fitopatología. Incluso con la disyuntiva de, si dedicarse a la academia o emprender otro rumbo profesional. “Había muy buenos profesores en esa época, con magísteres o doctorados en el extranjero. Era muy atractivo trabajar en investigación. Sin embargo, los recursos económicos eran escasos. Por otro lado, estaba empezando el boom de las agroexportadoras y la fruta de exportación”, recuerda Luis Cariola.
Al año siguiente lo llamaron de la Exportadora Río Blanco, que recién se estaba formando, y aceptó. “Pertenecía a un grupo de inmigrantes italianos e ítalo-argentinos que habían sido pioneros en instalar el cultivo de uva de mesa en Chile”, detalla. Quedó bajo el alero de Hugo Peppi, que era jefe del Departamento Técnico y hermano de uno de los socios. “Se había criado prácticamente debajo de los parronales. Él fue mi mentor y formador. Me enseñó todo lo que sé de uva de mesa. Río Blanco, en especial la familia Cabrini, fue para mí la base en formación profesional en lo técnico y en lo humano”, recalca Gigio.
Paralelamente, mantuvo un pie en la universidad durante ocho años, haciendo clases y ayudantías. Fue uno de los formadores del ramo de Manejo de Parronales, como se llamaba en esa época, junto a otros profesionales del área. Mientras tanto, en Río Blanco tuvo la confianza de sus dueños para desarrollar técnicas de manejo de uva de mesa de la mano de la PUCV e invitando a sus académicos a realizar ensayos. Les enseñaba a los agricultores a producir uva de exportación, “porque no se sabía prácticamente nada, era todo muy básico y las condiciones para que la uva llegara a los mercados no eran tan fáciles”. Eran los años “pre Red Globe”, cuando se cultivaban variedades como Emperor, Ribier, Almería y Thompson.
UNA REVOLUCIÓN: ALTA DENSIDAD Y FORMACIONES LINEALES
Dejó Río Blanco en 1991 para dedicarse a trabajar como asesor para empresas como Frutícola y Exportadora Atacama, de Sergio Ruiz-Tagle, pionera en el uso de altas densidades. Junto con ella protagonizó un cambio estructural en la industria de la uva de mesa en Chile. “La alta densidad no existía en el país. Todo estaba plantado a 3,5 x 3,5 metros o a 4 x 4 metros, con 625 a 816 plantas por hectárea. Y Sergio estaba plantando a 3,5 x 1,75 metros. Cultivaba 1.600 plantas por hectárea y fue aumentando las densidades hasta llegar a 2.200, lo que requería manejos totalmente diferentes”. La industria todavía se basaba en viñas plantadas a pie franco.

Gigio comenzó a viajar a California, Italia y otros destinos para aprender las últimas tendencias en alta densidad y trajo -junto a Ruiz Tagle- la idea de utilizar formaciones lineales. Fue una revolución. “Las formaciones en cruz tradicionales no cabían en las altas densidades. Las plantas se montaban unas arriba de las otras y perdíamos fertilidad. Pero con las formaciones lineales pudimos dar espacio suficiente para hacer fértiles los cargadores”, explica.
Había visto también el ejemplo de California, donde la cruceta americana soportaba mayores volúmenes que las plantaciones en Chile. “Caía de cajón que teníamos que entrar a un plan de aumentar las densidades. Teníamos que obtener más kilos por hectárea –comenta–, porque el negocio se iba achicando. En la medida en que iba creciendo el volumen de fruta exportado, el precio iba bajando, por lo que se necesitaba mayor productividad para mantenerlo”.
También desarrollaron la hoy famosa ‘ecuación productiva’. Para ello recopiló información sobre cosechas de parrones exitosos, con alta carga, productividad y calidad. Iba a los campos y contaba números de racimos, brotes y yemas “para después hacer lo mismo, pero al revés, de poda en adelante, para poder llegar a ese resultado. Ahí nació la ecuación productiva, que hoy día se usa hasta en cerezos, en cuanto a poder definir el número de elementos a dejar para obtener un resultado”. Posteriormente, junto a su amigo y coasesor, Martín Silva, elaboró planillas electrónicas que les permitieron entender bien todos los números necesarios para predecir la productividad.
LOS PRIMEROS CHILENOS EN ARRIBAR A PERÚ
Gigio Cariola se considera como “el tercer chileno en arribar a Perú” vinculado a la producción de uva de mesa. El primero fue Manuel José Gandarillas y después llegó Eugenio Lira, quien comenzó vendiendo equipos de riego y luego formó la empresa El Pedregal. Luis arribó a ese país en 1998 para conocer el megaproyecto de irrigación de Chavimochic, departamento de La Libertad, en el norte del país, cumpliendo un encargo del Grupo Luksic, que tenía la intención de plantar olivos.

Su amigo Juan Francisco Palma, especialista en nutrición vegetal de SQM, había ido a Perú para desarrollar el negocio de los fertilizantes solubles para riego por goteo. “Juan vio que la uva de mesa tenía futuro en la zona, pero había que enseñarles a los agricultores a cultivarla, por lo que me llamó”, recuerda. Posteriormente, le presentó a varios inversionistas peruanos que estaban comenzando con el cultivo en la zona de Ica.
Dos años después “Gigio” ya contaba con una cartera de cuatro o cinco clientes, instalando altas densidades y los sistemas de conducción lineales que ya habían sido exitosos en Chile. Fue ahí cuando comenzó la incorporación de los portainjertos, que en las condiciones de Perú- se tornaron imprescindibles para adaptar los cultivos a la salinidad del suelo y para que resistieran la filoxera y los nemátodos.
La industria peruana se inclinó por plantar Thompson y a mediados de la década de 2000 integró Flame y Red Globe, a las que posteriormente se sumaron Red Seedless y Ruby Seedless, dado el atractivo de tener uvas sin semillas y con sabores diferentes. “Todos nos enfocamos hacia la uva sin semilla, pero producía mucho menos que Red Globe, con la que se ganaba el doble o el triple”, recuerda.
EL BOOM DE LAS NUEVAS VARIEDADES
Gigio tiene una amplia experiencia en recambios varietales. De hecho, confiesa haber vivido el proceso desde las uvas “antiguas”, con semilla, Ribier, Emperor y Almería –y algo de Thompson–, a la producción sin semilla, apalancada principalmente por la Universidad de California para la industria local, como Flame, Ruby y Crimson, entre otras. Era una época en que, con una producción de 2.000 cajas por hectárea, el negocio era redondo, por lo cual no había muchos incentivos para buscar alternativas varietales más productivas.
Sin embargo, comenzó a subir los costos, a aumentar la oferta y a bajar los retornos. A ello se sumó la exploración de zonas más extremas, muchas veces sin éxito. Los avances técnicos para aumentar la productividad –alta densidad, conducciones lineales, portainjertos– se hicieron insuficientes para mantener la competitividad del negocio, tanto en Chile como en los otros países productores.
“Hasta hace unos diez años estuvimos entrampados en producciones ‘bajas’, si lo comparamos con las que tenemos actualmente. Las variedades tradicionales, como Thompson, Superior, Flame y Crimson llegaron a un techo productivo con 2.000 a 2.500 cajas por hectárea”, comenta. La excepción era Red Globe, con producciones que podían llegar al doble y que se mantiene hasta la actualidad como una de las variedades más vendidas en el mundo. “Todavía le quedan unos cuatro o cinco años, porque es muy popular”, determina Cariola.
Fue ahí cuando los genetistas empezaron a trabajar en nuevas variedades con mayor fertilidad y producciones que podrían superar las 5.000 cajas por hectárea. Actualmente, en verdes destacan Sweet Globe, Autumn Crisp, Ivory, Timpson, Cotton Candy, Arra 15 y en rojas resaltan Allison, Sweet Celebration y Jack Salute.

“Gracias a ellas, el negocio se dio vuelta. Los genetistas nos entregaron variedades que nos salvaron la vida. La industria se salvó gracias a estas variedades patentadas que tienen un perfil productivo excelente. Hoy día volvió a estar prácticamente de pie, después de haber estado botada en el suelo. Si bien la crisis se debía a fenómenos como sequía, heladas o lluvias a destiempo, el mayor problema era la productividad y eso hoy está genéticamente superado, por calidad y cantidad de fruta, calibre, peso, crocancia y sabores. Las variedades nuevas son realmente extraordinarias”, reflexiona.
¿Las nuevas variedades se cargaron hacia lo tardío? ¿Faltan variedades tempranas?
Eso es cuando se realiza el análisis particular de zona por zona. Pero hay que hacer un análisis más general. Si se hace una línea en el tiempo, de lo que se produce del 1 de enero al 31 de diciembre, se ve que a partir del enero está terminando la zona sur de Perú. Después empieza y termina Chile, empieza y termina México, más tarde comienza Estados Unidos, que cosecha desde junio-julio hasta septiembre. Perú comienza en octubre hasta enero y sigue la línea.
Antes, por ejemplo, el peak productivo estaba en la zona de Aconcagua, pero ahora está en la Región de O’Higgins…
Siempre el volumen de Chile estuvo entre las zonas de Aconcagua, la Región Metropolitana y la Región de O’Higgins. Ese peak de la campana se producía todo febrero, prácticamente, y en la actualidad se está desplazado un poco desde la mitad de febrero hasta la mitad de abril. Eso se debe a que las variedades de alta productividad son más lentas o tardías. Todavía no existe una variedad temprana, de ciclo corto, que sea altamente productiva. El negocio, más que por la época, está por la cantidad y la calidad. Entonces, lo que deben hacer las exportadoras es tener puntos de producción en zonas más tempranas más que buscar una variedad temprana. Es lo que hacen en Perú: están en Piura y en Ica, con lo que abastecen a sus clientes desde septiembre hasta febrero. Y los norteamericanos abastecen a sus clientes prácticamente desde mayo, porque están en México, hasta diciembre.
¿Cuántas de las nuevas variedades se van a consolidar?
En general, el 70% a 80% de las variedades nuevas son muy buenas y exitosas. Las que no han funcionado han sido las que se corren mucho en flor, no toman color o tienen una fertilidad fluctuante. Pero las que tienen buena fertilidad, buenos calibres y buena crocancia, funcionan bien. Hoy día el negocio del productor y del exportador está en ser rentable en base al volumen y al precio.
El tema no va tanto por el costo. No es que sea un asunto insignificante, pero cuando estás en más de 4.000 cajas por hectárea, no importa invertir US$ 1.000, US$ 2.000 o más por hectárea, porque estás ganando por el diferencial. Al pasar de 3.000 a 4.000 cajas ganas como US$20.000 por hectárea. A mí me dicen que aplico muchos productos para las raíces, fertilización orgánica, nematicidas orgánicos, enraizante y otros insumos naturales, pero eso se financia cien por ciento en base a calidad y cantidad de producción. Hoy día nos tenemos que preocupar más de las raíces que de la parte de arriba de las plantas, porque en la parte aérea la genética hace mucho. En cambio, nadie se preocupa de que las raíces de las plantas tengan la capacidad de producir 5.000 cajas por hectárea.
A su vez, la eficiencia de las empresas es muy importante. La empresa más grande que asesoro en Perú, junto con Martín Silva, Vanguard Group International, tiene siete variedades. En cambio, tengo productores o amigos que en 100 hectáreas tienen plantadas entre 15 y 18 variedades. Cada variedad es tan compleja y tiene tantas especificidades de manejo, que una matriz como esa se hace muy complicada. Entonces, si a un productor le dices que maneje siete variedades en vez de diez, lo va a agradecer. Tenemos que especializarnos en seis, siete u ocho variedades. Los que tengan más, que estudien de nuevo el asunto y boten las que no les están dando plata.
Ojo también que vienen saliendo variedades nuevas. La línea ITUM de España es una buena línea genética y en Chile está poco desarrollada. No digo que haya una variedad que sea “la papa” en comparación con otra. Pero si se sabe manejar bien, una variedad nueva y que se sobrepasen las 4.000 cajas por hectárea, ese productor estará dentro de la competencia.
COLABORACIÓN ENTRE PROVEEDORES DEL HEMISFERIO SUR
“Con la zona norte de Perú, Piura, que empieza a cosechar en septiembre y termina en enero, nos podemos complementar mucho. Tenemos que saber cuánta fruta van a embarcar cada semana Chile y Perú para no ‘pisarnos los callos’. Hasta aquí Chile le ha dado espacio a Perú. Le regaló todo diciembre, pero porque el norte no pudo competir, debido a que se quedó sin agua. Atacama, Ovalle y Vicuña -con o sin Perú- estarían destruidos igual por la sequía. En esa época es más barato producir en Perú, por lo que Copiapó no va a poder competir con ellos. Tiene que ubicarse en un segmento más tardío, hacia fines de diciembre y todo enero, donde todavía queda mercado. Somos productores en la misma época para el mismo mercado. Si no nos asociamos y compartimos información como aliados, los peruanos nos pueden pasar por encima hasta fines de enero”.









